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Dom, Dic

Por: Cortesía

Cultura

Mujeres de ficción: así surgió la idea de la mujer perfecta

La idea que existe de ‘mujer perfecta’ se fundamenta en la cultura de la Grecia Clásica y en la tradición judeocristiana desde hace siglos.

A lo largo de la historia, el arte y las narraciones se han encargado de modelar en el imaginario colectivo diversas representaciones de la mujer perfecta que estaban en sintonía con las convenciones sociales, religiosas y sexuales de cada época. Analizar la evolución de la feminidad en la ficción a través de los siglos nos permite entender mejor nuestra civilización.

Crear arquetipos

Cuando Velázquez retrató a Inocencio X pudo hacer con su trabajo varias cosas: reflejar lo que era este papa, mostrar lo que Velázquez consideraba que era Inocencio X o generar, a través del retrato de Inocencio X, la imagen que en el siglo XVII pasaría a tener la gente de lo que era un sumo pontífice y, por extensión, la Iglesia católica. Es decir, crear un arquetipo.

Las representaciones artísticas, literarias, pictóricas, mitológicas o religiosas que realizamos a lo largo de la historia reflejan nuestra comprensión de lo representado: la opinión que lo representado nos merece, el miedo o la satisfacción que nos produce y su relación de virtudes o de defectos, pero también las condicionantes que le imponemos para que lo representado entre en la condición de lo conocido –si representamos un rinoceronte con cuatro patas, lo que no tenga cuatro patas nunca podrá ser entendido como rinoceronte–.

Cómo lo concebimos implica también qué se espera que sea, cómo debe ser. Bajo esta premisa, tomemos el genérico mujer perfecta. ¿Cómo ha sido esta representada –y concebida y condicionada– a través de los personajes de ficción que se han creado a lo largo de la historia?

Sesgo masculino

Es evidente que a lo largo de nuestra civilización –y salvo honrosas excepciones que se incrementan en los tiempos más recientes– lo de crear personajes femeninos y ponerlos en escena ha sido cosa, más que de la humanidad en conjunto, de sólo una parte de ella: los hombres.

Pero esta circunstancia, ya de por sí extraordinariamente significativa, no empaña el interés y la información sobre cómo ha sido entendida y condicionada a ser la mujer a través de los personajes ficticios que de ella hemos creado. Se contaba de aquel oso que, tras ver la representación que un indio siux hacía de la caza, no pudo por menos que detenerse frente a ella y exclamar: “¡Ah, si los osos supiéramos pintar, qué distinta sería esta escena!”.

Nuestra civilización tiene un sustrato muy concreto y un poco esquizoide: sistemas de comprensión lógica de raíz grecolatina y estructuras de creencias de base semítica. Grecia y la cristiandad son el prisma y la ideología desde los que comprendemos el mundo, por lo que este artículo se centrará en esas dos concepciones: cómo los griegos inventaron a través de personajes femeninos a la mujer y cómo lo hizo el judeocristianismo.

La Tierra madre y la mujer perfecta

En 1854, Alejandro Dumas padre publicó la novela de intriga y venganzaLos mohicanos de París. El folletín no representa tal vez una cumbre de la literatura universal, pero si por algo merece ser destacado es por una frase: Cherchez la femme (“Buscad a la mujer”). Con ella se quiere decir que detrás de cualquier conflicto, problema o enfrentamiento, de la magnitud que sea, siempre hay una mujer. Localizando a la fémina se ubica el origen del conflicto. ¿Pero es así? ¿De esa manera se ha concebido siempre a las mujer perfecta?  En la mitología griega, una figura femenina emerge en el inicio de los tiempos: Gea.

Gea es la segunda en aparecer, después de Caos y antes de Eros. Representa la Tierra, la madre y, como no podía ser de otro modo, es mujer. Lo suyo es parir, pues es la fertilidad, y dar de mamar –lo del amplio pecho no tiene connotaciones eróticas, sino nutricionales–, aunque también es suyo conspirar –es decir, respirar conjuntamente con sus hijos frente a lo que quiere damnificar– y vengarse.

Gea da a luz a múltiples seres, entre otros a Urano, el cielo. Y con él engendrará, por ejemplo, al titán Cronos, el tiempo. Pero Urano no es muy de cuidar chiquillos, aunque sí de engendrar, y a medida que aquellos van naciendo los vuelve a depositar en el vientre de Gea. Ahí empieza la faceta conspirativa de esta diosa primigenia: convence a Cronos para que castre a Urano con una hoz que ella misma ha afilado.

Diosas desnudas

La mujer, en ese punto inicial, es vista como la fuente inagotable de dar vida –parir–, de la sabiduría que anticipa –la capacidad profética de Gea es inigualable– y el arquetipo de la madre protectora por excelencia.

En el panteón olímpico impera la paridad de género, y los perfiles femeninos y su categorización se vuelven complejos. Afrodita ya es la lujuria un tanto casquivana asociada a lo femenino. Hestia, la que cuida el hogar y la lumbre, no es nada dada a la aventura. Su inmovilidad contrasta con la de Atenea, el ardor guerrero, pero también diosa de la sabiduría y la civilización –la lechuza y la lanza son atributos suyos–. Y tiene otra particularidad que empieza a hacerse virtud en la mujer: es virgen, como Artemisa, que representa con vehemencia su condición inmaculada tanto como su habilidad en la caza y la protección de las mujeres.

Y es que a las diosas olímpicas –y esa es otra característica de los personajes femeninos mitológicos– ningún corrupto mortal podía verlas desnudas. Su cuerpo no estaba para lúbricos fines o ensoñadoras recreaciones. Lo inmaculado del cuerpo femenino empezaba a hacerse ley, pero un resquicio entre los sensuales griegos debía quedar abierto, pues no hay deseo sin interdicto. Esa fue Afrodita.

Cuando alrededor del año 360 a.C. Praxíteles presentó su escultura conocida como la Afrodita de Cnido, el escándalo fue mayúsculo: una diosa, aunque fuera Afrodita, era mostrada por primera vez desnuda.

[…]

Arquetipo de lo feminino

Esas son las premisas que en los orígenes de nuestra civilización permitían construir un personaje femenino de ficción, y es un sólido punto de partida para saber cómo ya en épocas cercanas elaboramos el arquetipo de lo femenino con base en los personajes femeninos que creamos.

Desde las aspirantes a princesitas de los cuentos de hadas, como Cenicienta y Blancanieves, en los que la ambivalencia se mantiene –chiquilla hermosa, inocente y virtuosa, que acaba venciendo con su pureza las pérfidas intenciones de la mujer perversa (la bruja mala o la madrastra tiránica)– hasta las inductoras a la destrucción masculina, como Lady Macbeth o las mujeres fatales de las películas de la edad dorada de Hollywood.

Desde las astutas intrigantes que sólo buscan el beneficio propio aun pactando con el diablo en algo tan sagrado como el amor –la Celestina o Urraca la Trotaconventos podrían ser un ejemplo– hasta las que en su ansia de libertad desbridan su deseo para enredarse en un destino incierto, como Madame Bovary y las fílmicas Thelma y Louise.

Pero también están las madres piadosas y las Medeas. Las idealizadas –como Dulcinea del Toboso–, las de sexualidad desenfrenada y también las castas y las ambiguas, como Orlando, de Virginia Woolf.

Pero también podemos encontrar la Nadja creada por André Breton, la Maga de Julio Cortázar y tantos y tantos otros personajes femeninos de ficción que han conseguido ampliar y hacer poliédrica, desde la base descrita, la caracterización de lo femenino por los personajes que ideamos al ir comprendiendo un poco mejor qué es eso de ser sexuado en lo referente a las mujeres. Una ampliación del imaginario tan necesaria como justa, pues contarnos buenas historias solo es posible cuando comprendemos mejor lo que es una mujer perfecta. Cuando dejamos por fin decherchez la femme porque ya la hayamos encontrado.

MUY INTERESANTE. 

 

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