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Internacional

Maduro ‘abraza’ el capitalismo y los migrantes regresan a Venezuela

Carlos Viloria volvió a Venezuela en enero de 2020. Este abogado de 35 años pasó año y medio trabajando jornadas de 15 horas y soportando jefes abusivos como empleado de un restaurante en Argentina. Fue uno de los más de cinco millones de venezolanos que dejaron su tierra natal en los últimos cinco años con la esperanza de escapar deuna de las peores catástrofes humanitarias del mundo. Su regreso también es emblemático. “Voy a encontrar un trabajo aquí que pague en dólares”, dice.

Tras llevar la economía nacional al precipicio, el presidente Nicolás Maduro ha conseguido darle cierta estabilidad.

Al permitir el libre flujo de dólares y el florecimiento de la empresa privada en los últimos meses, parece haber dado nueva vida a su régimen. Sigue siendo ampliamente repudiado, pero la emigración ha comenzado a disminuir, la gente está regresando y el gobierno está promulgando leyes para gravar las transacciones en dólares y permitir a las compañías emitir deuda en moneda extranjera.

Todos estos son signos de que, a pesar de una triunfante gira mundial que incluyó una reunión en la Casa Blanca con el presidente estadounidense Donald Trump, el líder opositor Juan Guaidó está más lejos de deponer a Maduro que hace un año, cuando anunció dicho plan y obtuvo un amplio apoyo internacional.

La ayuda de aliados

En ese momento, muchos creyeron que los días de Maduro estaban contados.

Después de todo, había tomado uno de los países más ricos de la región y lo había arruinado a través de la corrupción y una terrible gestión. Luego, hace un año, Estados Unidos le asestó otro golpe al mandatario imponiendo sanciones contra su petróleo. El país se vio muy afectado y muchos creyeron que Maduro no sobreviviría. Pero los escépticos no anticiparon cuánta ayuda recibiría de aliados clave para evadir las sanciones, o cómo adoptaría una versión del capitalismo de Estado al estilo chino.

“Las economías que nos han ayudado son capitalistas: China, Turquía e India”, dice David Paravisini, legislador de la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela. “Para lograr su ayuda necesitas condiciones de liberalismo económico. Eso fue lo que hizo China para avanzar. Es lo que debemos hacer”.

Este nuevo enfoque gubernamental incluye conversaciones secretas entre Maduro y los tenedores de unos 60 mil millones de dólares en bonos, algunos de ellos estadounidenses, en donde les ofrece asociarlos con una compañía de perforación extranjera a la que se le otorgarían los derechos de los campos petroleros venezolanos como un medio para recuperar su dinero. Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo conocidas del mundo y, si este acuerdo llegara a buen puerto, muchos inversionistas podrían obtener jugosas ganancias.

Varios de los que se han reunido con Maduro en fechas recientes dicen que lo ven con más confianza que antes. Sin embargo, Elliott Abrams, enviado especial de Estados Unidos para Venezuela, discrepa. “¿Por qué están dando este paso? Porque están contra las cuerdas”, le dijo a la prensa el 6 de febrero en referencia a la dolarización y la privatización.

La devaluación del bolívar

Desde el año pasado, el dólar estadounidense se ha convertido en la moneda extraoficial de Venezuela que aparece en menús de cafeterías y tiendas cercanas al palacio presidencial. En toda la capital aparecieron bodegas con champán francés, salmón sellado al vacío y queso italiano Grana Padano donde antes estaban las tiendas desabastecidas. El bolívar, la moneda oficial, ha perdido todo valor tras años de hiperinflación.

“Lo que vimos es una permisividad, no una liberación, y en algunos casos un marco legal que existía, pero no se aplicaba”, asegura Tamara Herrera, economista jefe de la consultora caraqueña Síntesis Financiera. “La necesidad surgió debido a las sanciones cada vez más intensas de Estados Unidos. Los nuevos decretos muestran la voracidad fiscal y la vocación punitiva del gobierno”.

La producción petrolera, tras caer durante casi una década, finalmente se está estabilizando en 800 mil barriles diarios, conteniendo parte de la hemorragia económica. La contracción proyectada para este año, aunque sigue en un escandaloso 10 por ciento, está muy lejos del 35 por ciento de 2019 y del 65 por ciento en los últimos cinco años.

La Asamblea Constituyente aprobó en enero un impuesto al valor agregado para los pagos en dólares, que se estima constituirán al 70 por ciento de todas las transacciones. Hasta ahora, el gobierno no había recaudado IVA por las ventas en dólares y así compensar una drástica caída en los ingresos.

“Estamos tomando estas medidas ahora porque hay señales de una recuperación de la economía”, apunta Jesús Faria, constituyente del Partido Socialista. “Pero tenemos una economía altamente especulativa en la cual los fijadores de precios, sobre todo los comerciantes, aprovechan cualquier oportunidad para fijar y obtener ganancias extraordinarias, y deben crearse incentivos para la producción nacional a través de políticas más eficientes”.

La policía de los precios

Esto ha significado un regreso abrupto a una especie de socialismo estatista. La Superintendencia para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos, la agencia que controla los precios en Venezuela, dice haber inspeccionado casi dos mil tiendas en enero. La ministra de Comercio, Eneida Laya, señaló recientemente que 135 inspectores habían sido despachados a todo el país para “poner fin a la economía especulativa”. El escrutinio había disminuido en los últimos meses. Ahora el gobierno observa de cerca otra vez.

“Vinieron la semana pasada a pedirnos que recortemos nuestras ganancias a 30 por ciento, y tuvimos que hacerlo, pero eso perjudica nuestro negocio”, dice María Luisa Pereira, quien vende harina, arroz y condimentos en el mercado de Quinta Crespo en el oeste de Caracas. “¿Cómo vamos a sobrevivir con tan poco y con hiperinflación? No venían desde hace meses y ahora nos amenazan con hacer dos visitas más en febrero. Andamos con miedo”.

Mientras tanto, el número de venezolanos que emigran ha bajado, según dos firmas encuestadoras, Datanalisis y Delphos. En un informe de diciembre de Datanalisis, los que expresaron su deseo de abandonar el país cayeron a 38 por ciento, 5 puntos menos con respecto al año previo.

De los que han emigrado en los últimos cinco años, 17 por ciento, o aproximadamente un millón, han regresado durante el mismo periodo, según reflejan los datos. El gobierno de Maduro dice que ha supervisado el regreso de más de 17 mil personas desde 2018 a través del plan “Vuelta a la patria”.

Con todo, Naciones Unidas proyecta que este año el número de venezolanos emigrantes superará a los 6 millones de sirios que han sido expulsados de su tierra. El gobierno está al tanto de la ironía de la emigración venezolana, aunque no la mencione: los que se van envían remesas en dólares y también reducen las cifras de quienes necesitan alimento y techo.

Según la consultora Ecoanalítica, las remesas han aumentado de 2 mil 700 millones de dólares en 2018 a lo que estima serán 4 mil millones este año.

Xenofobia

Luis Vicente León, director de Datanalisis, menciona que la emigración se ha desacelerado recientemente, no solo por las nuevas oportunidades que han surgido en Venezuela, sino también por las nuevas restricciones y la reacción xenófoba que han padecido muchos de los venezolanos que se marcharon al extranjero.

“Las barreras en los países receptores están aumentando de manera drástica y hacen más difícil la salida, sobre todo para quienes no tienen visas ni recursos”, asegura León. “También con la dolarización, quedarse en casa parece menos traumático que emigrar”.

Viloria, el abogado que dejó Buenos Aires para volver a su país de origen, considera que la vida allí le pareció bastante dura.

“Al principio, me exigían trabajar muchas horas, a veces hasta 15 horas al día, y me pagaban mucho menos del salario mínimo”, cuenta.

“No podía quejarme o me despedían. Me exigían estar 10 horas de pie, y solo contaba con 15 minutos para comer, y muchas veces me tocaba comer de pie”, agrega.

Alquiló una pequeña habitación en un departamento que compartía con otras dos personas. También sintió el rechazo.

“Algunos de los encargados argentinos eran xenófobos”, narra. “Una vez le dijeron a un compañero venezolano que había venido desde Venezuela como una cucaracha. En Venezuela falla el agua y la electricidad, pero al menos vivo en mi casa”.

“Es cierto que en Argentina uno puede caminar a salvo en la noche y hay una gran oferta cultural, pero me la pasaba trabajando, muchas veces con maltratos, y el dinero no me alcanzaba. Pongo mis esperanzas en la dolarización”.

 

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