Durante el invierno, no solo la piel resiente el frío. Los ojos también sufren los efectos del clima seco, el viento y la calefacción, provocando molestias que muchas personas normalizan.
Ardor, picazón o visión borrosa no siempre son cansancio: podrían ser señales claras del síndrome del ojo seco, una afección visual cada vez más frecuente.
Esta condición aparece cuando los ojos no producen suficientes lágrimas o estas no tienen la calidad adecuada para mantener la superficie ocular lubricada. La película lagrimal es esencial para proteger el ojo, mantener una visión clara y evitar infecciones, por lo que cuando se altera, la incomodidad se vuelve constante. La sensación de “arenilla”, el enrojecimiento y la sensibilidad a la luz son advertencias que no deben pasarse por alto.
Aunque suele parecer un problema menor, la sequedad ocular puede afectar la salud visual a largo plazo si no se atiende correctamente y a tiempo.
Principales causas y síntomas del ojo seco
El síndrome del ojo seco tiene múltiples detonantes, y el invierno agrava muchos de ellos. El clima frío y la baja humedad hacen que las lágrimas se evaporen más rápido, mientras que el uso de calefacción y aire acondicionado empeora la resequedad. A esto se suman factores como el uso prolongado de pantallas, que reduce el parpadeo natural, y los lentes de contacto, que pueden alterar la superficie ocular.
También influyen cambios hormonales, la edad avanzada, ciertas enfermedades autoinmunes, medicamentos comunes y cirugías oculares previas. En conjunto, estos factores han provocado que el ojo seco sea una de las afecciones oftalmológicas más comunes en entornos urbanos.
Los síntomas más frecuentes incluyen ardor, picazón, enrojecimiento, mucosidad espesa, visión borrosa, lagrimeo excesivo y dificultad para usar lentes de contacto o conducir de noche. Cuando estas molestias persisten, acudir al oftalmólogo es clave para evitar complicaciones mayores.
Tratamientos, cuidados y hábitos para aliviar la sequedad ocular
El primer paso suele ser el uso de lágrimas artificiales, aplicadas varias veces al día para mantener la lubricación. Existen opciones con y sin conservantes, y elegir la adecuada depende de la frecuencia de uso y la sensibilidad ocular. Si no hay mejoría, el especialista puede recomendar cambiar de producto o aumentar la aplicación.
Otros tratamientos incluyen suplementos de omega-3, gafas protectoras, medicamentos oftálmicos específicos y, en casos más avanzados, tapones lagrimales para conservar la humedad. En situaciones severas, incluso puede considerarse cirugía correctiva.
Además del tratamiento médico, modificar hábitos diarios marca una gran diferencia. Evitar el humo, proteger los ojos del viento, usar humidificador, parpadear conscientemente frente a pantallas y mantener una correcta higiene ocular ayudan a reducir los síntomas.
El síndrome del ojo seco no es solo una molestia pasajera. Detectarlo a tiempo, cuidar el entorno y darle atención adecuada puede mejorar notablemente la calidad de vida y proteger tu visión.












