El hígado graso no alcohólico es una de esas enfermedades que suelen pasar desapercibidas durante años.
Muchas personas descubren que la padecen de forma accidental, tras estudios médicos de rutina, porque no siempre provoca síntomas evidentes. Esta condición aparece cuando se acumula grasa en exceso en el hígado, incluso en personas que consumen poco o nada de alcohol.
El problema ha ido en aumento debido al crecimiento de la obesidad y los trastornos metabólicos, convirtiéndose en la enfermedad hepática más común a nivel mundial. En sus primeras etapas, el hígado graso suele ser silencioso, pero cuando aparecen señales, las más frecuentes son fatiga constante, sensación de cansancio sin causa aparente y molestias o dolor en la parte superior derecha del abdomen. Estos síntomas suelen confundirse con problemas digestivos comunes, lo que retrasa el diagnóstico.
Cuando el daño avanza: señales de alerta más serias
Si el hígado graso progresa, puede evolucionar hacia esteatohepatitis no alcohólica, una fase más peligrosa donde, además de grasa, existe inflamación y daño celular. En este punto, el cuerpo comienza a enviar alertas más claras que no deben ignorarse.
Entre los síntomas más avanzados destacan el agrandamiento del hígado, pérdida de peso inexplicable, debilidad general, ictericia (color amarillo en piel y ojos) y picazón persistente. También pueden aparecer várices esofágicas y otros signos relacionados con la disminución de la función hepática. Estas manifestaciones indican que el hígado ya no está trabajando de manera eficiente y que el daño podría ser progresivo.
Cirrosis no alcohólica y factores de riesgo que debes conocer
La complicación más grave es la cirrosis hepática no alcohólica, una condición en la que el hígado desarrolla cicatrices internas irreversibles que sustituyen al tejido sano. Esto puede provocar ascitis, insuficiencia hepática e incluso aumentar el riesgo de cáncer de hígado.
Los principales factores de riesgo incluyen sobrepeso, diabetes tipo 2, resistencia a la insulina y colesterol elevado, aunque también existen casos sin antecedentes claros. Por ello, los especialistas destacan la importancia de no asociar estas enfermedades únicamente al consumo de alcohol.
El diagnóstico suele realizarse mediante análisis de sangre, estudios de imagen y, en algunos casos, biopsia hepática. El tratamiento se centra en cambios en el estilo de vida, como bajar de peso, mejorar la alimentación y realizar actividad física regular. Detectar a tiempo síntomas como fatiga persistente, dolor abdominal, ictericia o cambios repentinos de peso puede marcar la diferencia entre un tratamiento preventivo y enfrentar complicaciones graves a largo plazo.