Tlaxcala, Tlax.- Cada diciembre, desde la sierra norte de Puebla, cientos de peregrinos ciclistas emprenden un recorrido que combina cansancio, esperanza y una fe que parece no agotarse nunca. El grupo de Guadalupe Sarabia atraviesa Tlaxcala rumbo a la Basílica de Guadalupe en el Tepeyac, pedaleando casi 260 kilómetros en un viaje que se alarga por cuatro días completos.
Para muchos, este camino es más que una tradición: es una especie de altar en movimiento donde cada pedalazo se convierte en una ofrenda. Luis Manuel Martínez, campesino de Tepeyahualco, lleva ocho años repitiendo la travesía. Con el rostro marcado por el frío, explica que su mayor petición es simple y poderosa: salud y trabajo para 2026.
Entre rezos y cantos, el asfalto se vuelve escenario de una fe que no se quiebra ni con el tráfico, ni con el cansancio, ni con el riesgo que supone recorrer carreteras tan transitadas.
La ruta que cruza Puebla, Tlaxcala y la Ciudad de México
A la altura de Yauhquemehcan, el ambiente se vuelve casi festivo: más de 150 peregrinos —hombres, mujeres y niños— avanzan juntos. Al frente va el estandarte de la Virgen de Guadalupe; atrás, un vehículo de apoyo recoge a quienes necesitan un momento para recuperarse.
La comunidad de Guadalupe Sarabia mantiene viva esta tradición gracias a la cooperación de todos, que aportan para alimentos, combustible y lo necesario para el viaje. Para ellos, la protección de la Virgen es una certeza: “Ella nunca nos deja sin nada”, comentan.
Este recorrido se suma a las dos mil peregrinaciones que cada diciembre cruzan Tlaxcala rumbo al Tepeyac, un flujo impresionante que este año coincide con el V Centenario de la primera Diócesis de México en Tlaxcala, lo que le da un toque aún más simbólico.
El regreso y la llama que renueva promesas
La tradición no termina en la Basílica. Al volver a Guadalupe Sarabia, otro grupo toma el relevo y continúa el trayecto a pie, cargando la llama encendida del fuego guadalupano. Cada cien metros, las manos se turnan el fuego como si se tratara de un ritual heredado.
Las familias reciben a los peregrinos con cohetes, campanas y emoción. Es la bienvenida a quienes regresan con la fe encendida, con la imagen de la Virgen y con una promesa cumplida.
Así, cada diciembre, entre Puebla, Tlaxcala y la Ciudad de México, estos pedalazos de fe vuelven a recordarle a todos que, mientras haya ruedas, pasos y fuego, la devoción seguirá encontrando su camino de regreso a casa.
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